viernes, 28 de agosto de 2026

La civilización de la estupidez

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Ni el intelectualismo más elevado se libra del riesgo de cometer estupideces. A diferencia de la ignorancia, la estupidez se manifiesta cuando, teniendo el conocimiento necesario para aportar algo valioso, elegimos inclinarnos por lo banal, lo absurdo o lo inútil.


No planteo esta crítica para ponerme por encima de nadie. Lo que me preocupa es que, justo en una época donde el progreso tecnológico podría resolver los grandes problemas de la humanidad, exista un desbalance tan marcado en redes sociales a favor de lo insustancial.


Entiendo perfectamente que la juventud busque alejarse de lo tradicional y quede a merced de las modas. En mis tiempos de adolescente se puso de moda la filosofía oriental; había jóvenes que, además de identificarse con el movimiento hippie, no soltaban el Siddhartha de Hermann Hesse. Pero aquello, en el fondo, buscaba promover la paz frente a la cultura de la violencia. Hoy las cosas son muy distintas.


Es verdad que debemos respetar el libre desarrollo de la personalidad: si se respetan las leyes y no se hace daño a nadie, que cada quien viva a su manera. El problema es que el conocimiento ya no vende ni atrae miradas; la burla y la ironía han desplazado a la crítica y a la observación inteligente. Quienes destacan en las ciencias o las artes quedan en el olvido, superados por contenidos vacíos o comportamientos absurdos que se vuelven virales solo por llamar la atención.


En un mundo marcado por el drama humano —que las redes nos muestran a diario—, muchos prefieren refugiarse en un nihilismo absurdo. Una postura que, lejos de ser entretenida, suele dejar tras de sí vacío y depresión a largo plazo.


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