La casa de las iguanas y los espíritus
Yo tenía algo más de cinco años cuando nos fuimos a vivir a una casa que estaba en la avenida 19 de Abril, cerca de la Capitanía de Puerto. No era una casa colonial, pero era una casa indiscutiblemente vieja, sobre todo por el tamaño de los árboles que estaban en su patio.
Lo más llamativo era que ese patio estaba lleno de iguanas que subían y bajaban por las matas y, en ocasiones, se lanzaban al piso rompiendo el silencio que caracterizaba el ambiente del lugar. Lo raro de estos animalitos es que no se comportaban como otros de su especie, que huían ante la cercanía de los humanos; estos se acercaban inmediatamente cuando alguien salía al patio, igual como hacen los perros y gatos que esperan que les den comida. Hasta parecía que entendían lo que se les decía.
En un árbol que crecía en el patio de la casa de al lado, a veces se subía una niña, más o menos de mi edad, que era muy conversadora: preguntaba de todo y tenía muchos cuentos de las cosas que pasaban por aquel sitio y, sobre todo, por las orillas del río.
Un día, mientras conversaba con la amiguita de al lado, salió mi mamá de la cocina y me preguntó qué estaba haciendo. —Hablando con ella —le dije, señalando a la niña. —Allí no hay nadie —contestó mamá en un tono casi regañón. —¿Cómo que no? ¡Mírala! —y volví a señalar el sitio donde estaba la niña, que vestía una franelita de florecitas y unos pantaloncitos marrones.
Jamás olvidaré cómo mamá se me quedó viendo antes de regresar a la cocina.
Días después me llevaron a un médico internista que era medio brujo para que me revisara la pierna, porque me estaba saliendo una culebrilla. Después que me ensalmó y me recetó unas cremas, me hizo un examen general. Entonces mamá le dijo: —Doctor, a este muchacho le pasa algo raro. Está todo el tiempo hablando solo y dice que tiene una amiguita en la casa de al lado, donde no vive nadie desde hace tiempo. Pero hay algo más: la semana pasada, cuando salimos a pasear, nos dijo que fuéramos a una heladería que estaba dos cuadras más abajo... ¡y ciertamente ahí estaba! Extrañados, le preguntamos cómo sabía que ese negocio estaba allí y dijo que se lo había contado su amiga.
El hombre se nos quedó viendo y anotó algo en el récipe.
Cerca de la casa había una bodega que regentaba una señora mayor, muy rezandera, que siempre me daba consejos para que me portara bien. La mujer andaba siempre en bata, con el pelo blanco recogido en una cola, y llevaba en el cuello un collar que —según decían— era de pepas de zamuro y peonías. Un día, mi mamá, que siempre me mandaba a mí a comprar pero que nunca había ido a la bodega, decidió acercarse para conocer a la bodeguera, que era bastante famosa en el vecindario. Tardó mucho tiempo en regresar porque se quedó hablando largo rato. No sé qué le habrá dicho aquella mujer; lo cierto es que la semana siguiente nos mudamos de la casa de las iguanas.
Ben-Hur en la Cruz del Perdón
En Ciudad Bolívar tenía un amiguito que no caminaba porque desde que nació sufrió de polio. Pasaba la vida sentado en un sofá que al atardecer sacaban sus papás al porche de la casa, para que conversara con sus amigos y se enterara de lo que pasaba en la calle. En aquellos días la televisión no había llegado a Ciudad Bolívar y los únicos entretenimientos eran la radio y el cine. Mi amiguito se entretenía escuchando todo el día las novelas de la radio, que en aquel tiempo permanecía encendida casi a toda hora. El problema es que él nunca había ido al cine, aunque estaba enteradísimo de las películas porque sus padres y sus amigos se las contaban.
Él tenía una memoria buenísima y una facilidad de palabra superior a la de los otros niños de su edad. Aunque jamás había visto una película, le podía contar a cualquiera las tramas que le narraban, las cuales además modificaba con las fantasías que su mente aportaba.
Así, cuando en el cine Río de Ciudad Bolívar se estrenó la famosa película Ben-Hur, sus amigos tuvieron que contársela varias veces para que él la repitiera con lujo de detalles, como si la hubiera visto: especialmente el nacimiento de Jesús al comienzo, la lucha en las galeras cuando estaba encadenado como prisionero, la famosa carrera de aurigas y, sobre todo, una de las cosas que más le llamó la atención: el milagro de Jesús cuando al final cura de la lepra a la familia de Ben-Hur.
Cuando le preguntaban donde habia pasado todo eso, decía que por los lados de la Cruz del Perdón. Y es que por allí era por donde sus amigos le decían que quedaba el cine Río, una famosa sala de la época donde proyectaban estrenos de moda como El niño y el delfín, además de muchas otras películas de cartelera.
Hoy, Ben-Hur se puede ver fácilmente en streaming. Del cine Río solo quedan paredes abandonadas, porque los cines de Ciudad Bolívar murieron igual que en otras ciudades del país. Lo que permanece, sostenido por la fe de los lugareños, es el monumento a la Cruz del Perdón. Y de aquel amigo de la infancia que nunca fue al cine y que alimentaba sus relatos con una memoria fantasiosa, queda el recuerdo en la mente de quienes fuimos sus amigos y no lo olvidamos.
El loco del Malecón
En aquellos años 60, cuando vivíamos cerca del paseo Orinoco, muchas veces íbamos caminando por la tarde a pasear por allí y a veces nos quedábamos hasta la noche. El malecón de aquel tiempo lo recuerdo distinto a como es hoy: se veía alegre y lleno de gente que iba de arriba abajo o simplemente se sentaba a mirar el río. Recuerdo que hasta tocaban la retreta los domingos cerca del mirador y la gente se vestía elegante para ir al paseo Orinoco.
Pero había otras cosas que a mí me llamaban más la atención. En las épocas de crecida, cuando baja la sapoara y empieza la feria, los pescadores comienzan a lanzar sus tarrayas. También había mucho orillero empírico que trataba de pescar algo desde la orilla. Un año le pedí a mi papá que me comprara nylon y anzuelos para ir a probar suerte. La verdad es que fracasamos, porque fuimos varias veces y no sacamos casi nada.
Nobstante, de esas aventuras pesqueras tengo un recuerdo que siempre se dispara en mi memoria. Un día nos cambiamos de sitio para probar mejor suerte y, sin darnos cuenta, nos pusimos al lado de un joven que tenía un aspecto tan deteriorado que parecía un indigente. Vestía de manera harapienta y despedía un olor insoportable que hacía que cualquiera que se le acercara se alejara inmediatamente. Estaba allí sentado en un saliente de la orilla, sosteniendo el nylon y con la mirada perdida en la corriente del río.
Le preguntamos a otro pescador cercano quién era aquel tipo y nos dijo que le decían «Ray», pero que no sabían su verdadero nombre. Era un estudiante universitario que había llegado de los lados de Upata; muy inteligente, pero parecía que de tanto estudiar y poco comer se había vuelto loco. Tenía una mente prodigiosa: si le preguntabas cuánto era 2. 275 000 bolívares multiplicado por 1.255 000, te contestaba como una calculadora.
—¿Y dónde vive? —preguntó mi papá. —Aquí, en aquel banco donde ves tirados el morral, la botella de agua y unos trapos viejos.
La verdad es que el muchacho daba lástima. Un día me le acerqué para sacarle conversación y le pregunté: —¿Pican los peces? —Sí pican, sí pican —contestó brevemente. La verdad es que no había pescado nada. —Es un río inmenso —le dije.
Me miró y soltó: —La inmensidad está en tu mente. Si tú no estuvieras aquí, el río no sería inmenso.
Y se quedaba callado, como meditando. En una oportunidad me miró y empezó a señalar con el dedo hacia el oeste, por donde se ponía el sol (donde años después construyeron el puente Angostura). No sé qué quería decir, pero insistía moviendo la mano y señalando algo que a lo mejor él veía, pero nosotros no.
Una tarde llegamos al paseo y no vimos a Ray. Preguntamos por él y nadie nos dio razón; más bien dijeron que estaban extrañados porque sus cositas estaban allí tiradas, donde siempre, pero de él no había rastro. Nunca más supimos de aquel loco del malecón que pasaba horas sentado a la orilla del río con un nylon en la mano, soltando frases reflexivas y señalando hacia el oeste, como si por allí fuera a aparecer algo que solo él podía ver.
Los chismes y las noticias
Entre los recuerdos de la infancia también están los chismes vecinales, que formaban parte de la vida diaria de aquellos vecinos que no tenían muchas cosas con qué entretenerse.
Uno de los que más recuerdo fue el día en que llegó una vecina bastante agitada a hablar con mi mamá: —¡Ay, manita! ¿Viste lo que le pasó al esposo de Luisa? ¡De vaina no lo matan! Venía bajando por la calle Venezuela y de repente, a unos tipos que trabajaban en un andamio, se les cayó una llave inglesa y le cayó en toda la cabeza. Quedó desmayado en el suelo. Tuvieron que llevarlo al Ruiz y Páez, donde le agarraron como veinte puntos y le hicieron unas tomografías. Menos mal que no tenía nada más grave... ¡Así es la vida! Gracias a Dios todavía lo puede contar. Cuando menos lo esperamos sale nuestro número y no se sabe de dónde. ¿Quién se iba a imaginar que a un tipo que camina tranquilo por la calle le vaya a caer una llave inglesa en la cabeza?
Y de allí corrió el chisme por todo el barrio, hasta que dos días después regresó la misma vecina con un periódico en la mano, llamando a mi mamá: —¡muérete! ¿Viste lo que dice la página de sucesos?
«Heridos gravemente en un juego de dominó. La noche del pasado martes, en los salones del Club Caballo Negro, ocurrió un hecho insólito cuando se desprendió el ventilador que estaba sobre una mesa donde cuatro ciudadanos jugaban una reñida partida de dominó. Por el evento resultaron lesionados quienes responden al nombre de...» (y allí venía el nombre del marido de la vecina). «Los afectados fueron trasladados con urgencia a un centro hospitalario, no sin antes exigir que quedara registrado el estado en que se encontraba la partida para poder continuarla después de recibir la atención médica. Varios puntos de sutura tuvieron que practicarle a los sorprendidos jugadores, quienes no sufrieron mayores daños y regresaron al club para retomar la partida interrumpida. Lo lamentable es que los afectados fueron derrotados en el juego, como epílogo de una mala noche».
—¡No quiero ni imaginarme qué estará pasando en esa casa en este momento! —concluyó la vecina.
Y así terminó la visita de la mujer, que se fue con el periódico enrollado debajo del brazo donde apareció la curiosa noticia, confirmando el refrán popular de que «se atrapa más rápido a un mentiroso que a un cojo». En fin, así es la vida, porque cuando menos te lo esperas estás tranquilo jugando dominó y te puede caer un ventilador en la cabeza.
El cuentacuentos de Vista Hermosa
Después de la experiencia de las casas misteriosas cercanas a la orilla del río, nos fuimos a vivir a Vista Hermosa, cerca de la cárcel; específicamente en la vereda 2, si no me falla la memoria. Las veredas facilitaban la vida y la comunicación vecinal porque eran caminos que atravesaban hileras de casas adosadas pared con pared. Por aquellos días, lo más entretenido era salir al porche a sentarse a hablar con el vecino de al lado o con los que pasaban al frente. Así eran los atardeceres y las noches: se producía un espontáneo compartir de las señoras que salían a ver a los niños jugar, o a mirar el paso cansado de quienes regresaban del trabajo.
Al lado de mi casa vivía un personaje extraño, solitario y la mayor parte del tiempo callado, pero para nada antipático. Todo lo contrario: era muy cortés, saludaba afectuosamente y, por las tardes, salía, se sentaba enfrente de la casa y empezaba a contarle cuentos a los muchachos. Era algo que disfrutaba mucho porque nos entretenía con un estilo muy especial, dándole vida a sus relatos. Los muchachos estaban tan atrapados que se aprendían las historias de memoria. Ese vecino, silencioso a veces, resultaba ser muy locuaz cuando se transformaba en el cuentacuentos que animaba las tardes de la vereda.
Un día, sin conocerse la razón, el cuentacuentos desapareció y no se supo más de él. Lo que despertó la curiosidad vecinal fue que, al poco tiempo, llegó la policía y registró la casa (que, por lo que se veía desde afuera, tenía poca cosa, pues el hombre vivía muy austeramente).
Un día escuché que mi mamá le preguntó a mi papá qué había pasado con el vecino. Él, en voz baja, le dijo: —Parece que era comunista y se metió en algún problema que lo tiene huyendo por esos montes, supuestamente escondido por los lados de Roco Piche. —¡Qué lástima! —dijo mi mamá—. Era un buen vecino, una buena persona. Los muchachos lo querían.
Pasó el tiempo y del cuentacuentos no se supo nada más, pero quedaron sus historias en la mente de los muchachos, que por las tardes se sentaban en el mismo sitio a contarlas de la misma manera como las hubiera relatado aquel personaje.
Pasaron los años y un día que viajé a Caracas a resolver asuntos de trabajo, iba caminando por el centro cuando vi venir a un anciano de caminar pausado y mirada fija en el suelo. Inmediatamente lo reconocí: ¡era el cuentacuentos! Lo seguí un rato y, cuando el hombre se dio cuenta, se volvió hacia mí y me preguntó: —¿Qué desea usted?
Sin titubear, le pregunté: —¿Usted no vivió en Ciudad Bolívar? —No —me dijo—. ¿Por qué me lo pregunta? —Porque usted se parece mucho a un cuentacuentos que había en Vista Hermosa cuando yo era niño.
El hombre se me quedó mirando y luego siguió caminando. Después se volteó hacia mí y, con mirada triste, levantó la mano y me dijo: —Adiós.
La maestra y la higiene en el colegio Carmen Luna Lezama
En el colegio Carmen Luna Lezama de Vista Hermosa, en los años 60, las maestras vestían de manera más elegante que las abogadas que van a los tribunales. Mi maestra de tercer grado siempre iba con falda y chaqueta encima de una camisa que se veía impecablemente planchada. Eran docentes responsables y eficientes en su trabajo: no faltaban a clase, cumplían el horario, corregían las tareas y, al entregar el boletín, colocaban la recomendación que creían que debía atenderse en casa para la educación del niño. En mi caso, repetidamente colocaba: «Tiene que hablar menos».
La maestra escribía en la pizarra con tiza de manera casi perfecta. Un día, al llegar, colocó como tema del día «La higiene personal» y arrancó diciendo: —Muchachos, hoy he cambiado el tema porque tengo que decirles algo muy importante: ¡ustedes huelen a mono! Sí, señor. Como se la pasan todo el día corriendo y sudando y no se bañan, tienen el cuerpo curtido de sudor, de tal manera que parecen un mapurite espantando a todo el mundo que se les acerca. Me van a perdonar, pero cuando salen al recreo tienen que pensar que van a regresar al salón, y no ponerse a correr para después llegar con ese tufo que no nos deja dar clase. ¡Vean a fulanito con el cachete enmantecao de mango! Yo no sé si ustedes saben que hay unas cosas que se llaman jabón y desodorante, ¡y que se inventaron para usarse!
Ese fue el discurso de la maestra que más recuerdo y que no se me olvida. A lo mejor mi memoria no lo reproduce con la exactitud de las palabras de aquellos días y le añado alguna de este tiempo, pero el contenido fue ese. Un momento difícil de olvidar, como difíciles de olvidar son aquellas maestras de primaria que dejaban huella por la pasión que le ponían a su trabajo.
Lectura y natación en el Club Bolívar
Además del grupo escolar, había otro sitio que destacaba por la importancia que tenía para la juventud de Vista Hermosa: el Club Bolívar. Era más que un centro de entretenimiento, porque se ocupaba de la formación integral, el deporte y la cultura infantil y juvenil. Esto se podía apreciar en el caso de la natación.
Para aquellos días de mi infancia, el centro de atracción era la piscina donde todos querían bañarse. Pero había una condición: las encargadas exigían que, para usar la instalación, había que saber leer. Hacían una pequeña prueba y, al recibir a los bañistas, les ponían un texto para que lo leyeran. Si lo hacían, tenían paso libre; si no, los mandaban a practicar dibujo en el local de al lado.
Un día fui con dos amigos a la piscina y, al llegar, venían saliendo unos vecinitos que nos dijeron: —Están preguntando con la portada de unos cuentos. Si ven a un vaquero de sombrero blanco, ese es Hopalong Cassidy. Si tiene ropa roja, ese es Red Ryder. El Llanero Solitario es más fácil, porque tiene máscara y el caballo es blanco.
Los dos primeros pasamos facilito, pero el tercero se quedó trancado porque, cuando le preguntaron, dijo que el de la foto era Red Ryder. La muchacha encargada se le quedó mirando y, riéndose, le dijo: —¡Qué broma contigo! Chico, ese es Archie... De todas maneras te voy a dejar pasar, pero no te sueltes de la orilla.
Era un buen lugar, con una filosofía muy inclinada hacia las buenas costumbres. Inclusive recuerdo que un día llegó un muchacho que, de muy buena fe, traía unos guantes de boxeo. El encargado le dijo: —Mi hijo, no practiques ese deporte; aquí no queremos nada con la violencia.
Así eran las cosas en aquellos años 60, donde están los primeros recuerdos de mi infancia antes de asentarnos definitivamente en la «República Independiente de Los Olivos», que forma parte de Ciudad Guayana.
