viernes, 11 de septiembre de 2026

Dostoyevski en Manhattan: La tragedia y el nihilismo del 11 de septiembre

 "...Una hora fue suficiente para cambiar el mundo. La destrucción de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 no nos condujo al fin de la historia ni al choque de distintas civilizaciones, sino que marcó el inicio de la era del nihilismo mundial..." Eso es lo que sostiene André Glucksmann en su libro Dostoievski en Manhattan, un texto que se puede calificar de verdaderamente aterrador.

El autor narra una escena que nos permite anticipar el contenido de su ensayo: cuando Matthew Cornelius, de 21 años de edad y quien trabajaba en el piso 75 de la Torre Sur, logró ponerse a salvo en la Zona Cero, un bombero le quitó los escombros de encima y le ordenó, como a los demás supervivientes: "Corran hacia Broadway y corran, sobre todo, no miren a la izquierda". Matthew corrió, pero, como la mujer de Lot, miró a su izquierda. Era horroroso. Nunca conseguiría dormir sin dejar de ver los restos humanos frente a los edificios, las manos, los pies, una cabeza... horroroso. Creo que la escena descrita sirve para entender lo que ocurrió verdaderamente en una avenida de Nueva York llena de restos humanos.

La periodista italiana Oriana Fallaci, quien vivía cerca del lugar, escribió un célebre libro titulado La rabia y el orgullo, donde describe igualmente el horror indescriptible que sintió y lanza una advertencia a Occidente sobre lo que realmente ha pasado:

"Hay momentos en la vida en los que callar se convierte en culpa y hablar en una obligación, un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del que uno no se puede evadir".


Miedo, angustia y el avance del nihilismo

Glucksmann distingue entre el miedo y la angustia, citando a Hermann Broch: desde tiempos inmemoriales, el ser humano diferencia ambos conceptos. Se tiene miedo ante el peligro; ante las tinieblas se siente angustia. El miedo es neto y definido; lo provoca una cosa precisa y representa un peligro no menos preciso (le temo al rayo, a un microbio, o a aquello que amenaza mi vida, mi billetera, mi reputación o mi salud).

La angustia, por el contrario, lo afecta todo: aterra nuestra relación con el mundo en general, desestabiliza proyectos y perturba la imagen de los demás y de uno mismo. Por mucho que expertos, políticos y psicólogos se afanen en calmar los miedos mediante múltiples y a menudo vanas precauciones, no lograrán contener esa impalpable angustia.

Pero volvamos al nihilismo, porque el autor sostiene que, desde el ataque a las Torres Gemelas, este se ha instalado en el mundo e inclusive todos somos, de una u otra manera, algo nihilistas. Y se pregunta: ¿cuándo empezamos a ser nihilistas? Cuando dejamos de distinguir claramente entre el bien y el mal; cuando, hasta en las relaciones cotidianas más elementales, todo lo relativizamos con el argumento de que "hay que ser comprensivos", y hasta perversiones que antes eran inaceptables ahora encuentran justificación.

Buenas  lecturas, para reflexionar un día como hoy, sobre la realidad que nos toca vivir

 

 


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