Para mí fue un momento muy especial, sobre todo por la emoción de reencontrarme con una gran cantidad de amigos a quienes esta ciudad les debe mucho, pues Ciudad Guayana es, en esencia, una gran obra de ingeniería. El día comenzó con la misa de agradecimiento oficiada por el padre Gerardo Moreno, quien con su carisma supo darle el toque preciso que la celebración espiritual necesita. Seguidamente, me correspondió desarrollar el tema, no sin antes lidiar con la generosa y exagerada presentación que sobre mi persona hizo la conocida y querida periodista Alicia Estaba.
Luego de mi exposición y de la emotiva entrega de reconocimientos a destacados protagonistas del gremio, la tarde me invitó a meditar sobre mi intervención. Con el apoyo de una presentación audiovisual donde destacaba la impresionante Macagua II —lo cual evitó que me perdiera en lo que ahora llaman el laberinto de la ética—, dejé muy clara mi opinión ante lo que titulé como «la agonía de la ética profesional en la academia»: no se puede prescindir de esa materia en la enseñanza universitaria.
Aunque al final ilustré con algunos ejemplos la importancia de los valores morales en las profesiones, quedaron cuatro cosas pendientes por profundizar, y lo voy a hacer en este espacio, aprovechando para recordar tan buen momento.
Comienzo destacando que comparto la opinión de Francesc Torralba de que «una cosa es educar y otra es instruir. La educación incluye pasos [o pautas], incluye forma y no solo materia, incluye ejemplaridad y testimonio; mientras que la instrucción es la mera transmisión de contenidos fijados. Un artefacto tecnológico puede instruir, y tal vez lo pueda hacer mejor, con más exactitud y rigor que un hombre de carne y hueso, pero no creo que pueda educar, porque la educación exige —así al menos lo pienso yo— el cara a cara, el encuentro vital. En el fondo, para la condición humana, la instrucción y los mecanismos sustitutivos de hombres como yo haciendo lo mismo de instrucción no me preocupan especialmente; creo que cada vez hay más personas instruidas que saben más cosas, tienen más conocimiento y, sobre todo, más acceso a la información, lo que no quiere decir ni mucho menos que estén más orientadas. El exceso de información en los grandes océanos telemáticos es a menudo la causa de muchos naufragios».
En segundo lugar, comparto parcialmente la tesis de Xavier Rubert de Ventós, quien sostiene que el fracaso de la enseñanza en la transmisión de valores radica en poner por delante la información pura y dura, cuando las cosas —según su opinión— primero se aprenden desde la vivencia y después se entienden desde las teorías académicas. Digo que coincido plenamente: respetando los programas oficiales, siempre he procurado incorporar de manera paralela los debates sobre experiencias y dilemas prácticos.
En tercer lugar, en cuanto a la tesis de que la enseñanza de la ética fracasa porque intenta transmitir una «herencia moral obsoleta e inclusive fracasada», mantengo que los vicios que pueda arrastrar esa herencia no invalidan sus valores fundamentales. Esto se alinea con la reflexión de Francesc Torralba, quien señala que, si bien la globalización concentra todo el conocimiento humano en un instante, una abuela de antes —con mucha menos información disponible— a menudo posee mejores orientaciones éticas para enfrentar los dilemas de la vida que cualquier sistema digital. Tengamos cuidado con la tentación de descartar lo clásico solo por considerarlo antiguo.
Esta invitación del Colegio de Ingenieros me motiva a seguir profundizando en estos temas. Porque, como dije al cierre de mi intervención, una cosa es ostentar un título universitario y otra muy distinta es ejercer con verdadera dignidad una profesión. Cierro con la idea de José Antonio Marina de que la ética siempre será una tarea permanente del ser humano en su esfuerzo constante por no degradarse; un compromiso que en Ciudad Guayana cobra un valor urgente, pues la reconstrucción de nuestro entorno físico exige, indispensablemente, la reconstrucción moral de quienes lo diseñan y ejecutan.
