martes, 21 de enero de 2014

Conversaciones sobre la grasa


Definitivamente, los valores han cambiado: en el pasado la mayor preocupación del hombre era el pecado ahora es la obesidad; ayer, tener fama de mala persona era lo peor que le podía pasar a alguien, hoy eso no es importante en el ámbito social: los buenos y los malos están igualados, el problema es la gordura que amenaza terriblemente  la calidad de vida.

El sábado, en mi caminata mañanera por el parque La Llovizna, pude apreciar que las “conversaciones sobre la grasa” desplazaron abiertamente a las disertaciones políticas. Cruzándome con los circunstantes, pude escuchar parcialmente algunas pláticas; todas giraban sobre el mismo tema: una  señora trataba de convencer a otra, sobre lo efectivo que resulta tomar un vaso de agua en ayunas para disminuir la grasa corporal; un joven pasado de peso le decía a sus compañeros que tenía que quitarse de encima “el mantequero que le guindaba por todas partes”; otros señores que debían estar doblando los sesenta, reflexionaban sobre lo dañino de la cerveza para la curva de la felicidad (barriga). En fin, pareciera que el demonio que amenaza sus vidas en este tiempo es la grasa.

Es indiscutible que, el hombre de hoy está muy informado sobre la buena alimentación y eso es bueno para la salud. Pero hay que evitar que  la obsesión por la forma de alimentarse se convierta en una especie de religión que no deja ver otra cosa: perderse la belleza del amanecer  en el parque por estar pendientes de la grasa es algo imperdonable.  
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sábado, 30 de noviembre de 2013

Bibliotecas vs parrilleras

El pasado miércoles, en una tertulia entre amigos, uno de ellos soltó esta frase:“Los venezolanos cambiaron los libros por la parrilla; cada vez hay menos bibliotecas en las casas, pero no faltan las parrilleras”. Esto es una realidad incuestionable, porque los libros y la lectura están desapareciendo de los hábitos hogareños. En mi infancia, además de las novelas o libros de poemas que siempre compraba mi padre, se invertía en adquirir enciclopedias o colecciones  de autores famosos. Ayer una buena biblioteca daba prestigio a la casa, ahora no es así, la vida del hogar gira alrededor del televisor, y el ocio se inclina principalmente hacia la parrilla.
El abandono de la lectura producto de la eclosión del sonido y de la imagen es un problema serio para el hombre. Si hay algo que libera de las esclavitudes de este tiempo es la lectura; al que lee no lo engañan ni seducen tan fácilmente. Cuando le preguntaron a Arturo Pérez Reverte, ¿Cuál era su ideología? Contestó: “Yo no tengo ideología porque tengo biblioteca”
Ayer visité una librería que está ubicada en un conocido centro comercial y encontré un ambiente anormal y desconcertante: numerosas personas hacían colas a las puertas de las tiendas de ropa o electrodomésticos, mientras que grupos de guardias y funcionarios públicos entraban y salían de los locales para inspeccionar las ventas, con tanto ímpetu que parecía que estuvieran persiguiendo a alguien. Donde la cosa estaba normal era en la librería, allí no había aglomeraciones de gente, ni anuncios de rebajas, ni fiscales de precios; parecía un mundo aparte. Y es que ciertamente, la lectura y los lectores se están convirtiendo en una especie de isla que solo visitan los que en su tiempo libre prefieren un buen libro antes que una parrilla. Y quiero aclara que no tengo nada en contra de las parrillas, las disfruto, pero la vida es mucho más que andar de parrilla en parrilla.  

viernes, 25 de octubre de 2013

Recuerdos de la UCAB



En medio de las emociones que produce el cumpleaños de la Universidad Católica Andrés Bello, es inevitable que quienes estudiaron allí recuerden aquellos años de juventud ilusionada que vivieron en sus aulas. Cómo no recordar el primer día de clases y la vieja costumbre de recibir a los nuevos con “bautizos” no muy agradables cortándoles el pelo en el cafetín, los partidos de fútbol en la cancha de tierra que estaba donde hoy está postgrado, y aquellas campañas políticas entre El bloque y Ucab Libre. En fin,  un mar de anécdotas que nos lleva la conclusión que cada quien tiene “su Ucab” de acuerdo como la vivió y ahora la recuerda.
Pero la universidad sembró en sus estudiantes mucho más que recuerdos de una época; me atrevería a decir que, dejó más que conocimientos: enseñó una manera distinta de entender la vida, a jóvenes que crecían en medio del paradigma del individualismo posesivo de la sociedad. De mi experiencia personal no puedo olvidar las clases de Introducción al Derecho del Padre Olaso, donde además de enseñar las diferencias entre los órdenes normativos de la conducta humana, los fines del derecho o la estructura de la norma jurídica, nos hablaba de las grandes encíclicas de la doctrina social de la iglesia o del pensamiento de Elder Cámara. Todavía recuerdo como si fuera ayer, cuando nos leyó  el famoso párrafo de El desierto es fértil que cita en el tomo primero de su Introducción al Derecho
“Las cosas cuando están bien dichas hay que repetirlas, no importa quién las esté diciendo, Escuchen esto: “Especialízate  en el arte de descubrir en todas y cada una de las criaturas el lado bueno con que cuentan: no hay nadie que solo sea maldad. Especialízate en el arte de descubrir en todas las ideologías el fondo de verdad que guardan en su seno: la inteligencia es incapaz de adherirse a un error absoluto”
Así era el Padre Olaso en sus recordadas clases, sencillo y fiel a su compromiso con la verdad. Una persona que necesariamente tienen que ser recordada en estos momentos especiales llenos de recuerdos, porque los que tuvimos el privilegio de ser sus alumnos nos sentimos comprometidos de la misma manera que él lo hace en la ofrenda de su obra:
“En comunión con los hombres sinceros de buena voluntad, de cualquier ideología o religión; especialmente con aquellos –los más pobres y oprimidos- para quienes, de hecho ni apenas existe el derecho, ni saben ni pueden defender sus derechos. Unido, en abrazo fraternal, con los esforzados que, en el mundo estropeado que vivimos, trabajan, luchan, sufren o mueren por un orden más justo y más humano, en la esperanza doliente y gozosa de que, al final –tal vez sobre un fracaso personal aparente- por encima del derecho de la fuerza triunfará “la fuerza del Derecho” (Luis María Olaso, Introducción al Derecho)
Palabras para la posteridad y para una historia que verdaderamente compromete.
 

martes, 16 de julio de 2013

José María korta Lasarte:homenaje y despedida

El hermano Korta, como popularmente se le conoció, falleció el pasado jueves dejando un gran ejemplo y un inmenso vacío. Un gran ejemplo, porque es muy difícil encontrar en estos tiempos personas que dediquen su vida intensa y exclusivamente a luchar por los derechos de los oprimidos, y un gran vacío porque los quijotes de este tiempo son especies en extinción.

Korta perteneció a la Compañía de Jesús. Era, de manera muy especial, profundamente cristiano, pero respetaba los caminos escogidos por los demás para llegar a Dios. La sencillez y el amor de Jesús le sirvieron de inspiración para su modo de vivir. Su franqueza y frontalidad al decir las cosas lo hacía en ocasiones incómodo al estilo de vida hipócrita de este tiempo.

Su vida fue una historia de lucha sin importar los riesgos. Sus años de trabajo en el alto Ventuari, la conocida huelga de hambre por los derechos de Sabino Romero, cacique de los yukpas, o la creación de la Universidad Indígena de Venezuela (UIV) son sólo un ejemplo de lo que fue su obra.

La última vez que nos reunimos para tomar un café, estuvimos hablando del problema de la cultura y el territorio indígena, y para profundizar mejor en este tema, me prestó el libro Territorialidades y lucha por el territorio en América Latina, donde se dice algo que cada vez me convence más: vivimos en una sociedad insostenible. Una sociedad que no es ni por asomo la del hermano Korta; que se declara cristiana pero Cristo no vive en ella, donde el consumo ilimitado, el interés material, el odio y los malos sentimientos son los motores de la vida; una sociedad en decadencia donde la desesperación hace que sus miembros se coman unos a otros.

Korta falleció en un accidente en la carretera que tantas veces transitó hacia la universidad indígena; laborioso como siempre, la edad no envejeció su ánimo. Como decía anteriormente, en la última conversación me prestó un libro que tiene una dedicatoria que es especial para este momento. “Para usted hermano Korta, a quien amo profundamente por su humanidad: inmensa como la mar, infinita como el universo, presente como el aire, fuerte como la tierra, rebelde como el fuego. Gracias por su vida inspiradora... María de Los Angeles”.

Dice Javier Marías en su novela Los enamoramientos que, “cuando alguien muere nos enfrentamos a una realidad incomprensible, porque supone la certidumbre de que no va a venir más, ni a decir más, ni a dar un paso más para acercarse, ni mirarnos o desviar la mirada”. Así es lo incomprensible de la muerte. Pero cuando las vidas son inspiradoras la muerte no acaba definitivamente con ellas. La imagen de Korta siempre estará presente en la lucha por los derechos de los pueblos originarios.

Con este artículo de homenaje al amigo, quiero despedirme de este espacio que gentilmente se me ha brindado para comunicarme con los lectores; es el número 150, meta que me había trazado para hacer un alto en el compromiso semanal de escribir unas líneas sobre lo divino y lo humano. Me hubiera gustado que las circunstancias fueran otras. Los indígenas llamaban a Korta, Ajishäma: “La Garza que conduce a la salvación”. Que el Dios de la bondad nos guíe a todos por esa senda.

martes, 9 de julio de 2013

Personajes invisibles

En el tema de la notoriedad social hay destinos adversos y destinos afortunados: hay quien sin esforzarse mucho adquiere fama y fortuna y quien a pesar de su esfuerzo y trabajo pasa desapercibido y a veces se vuelve invisible; la historia está llena de estos casos porque no es el mérito el factor que en todo momento determina la importancia del acontecimiento social. En el pasado, los guerreros y los políticos copaban la escena, ahora se le añaden los artistas y esas personas que se preocupan por no desaparecer nunca de las páginas sociales. Pero por encima de todos ellos está la gente que forma el conglomerado humano, y entre esa gente hay personas humildes que han sido valiosas porque han aportado algo en la vida común y merecen ser recordadas a pesar de que sus oficios parezcan insignificantes. De uno de esos oficios quiero escribir hoy, específicamente, de los viejos bodegueros que detrás del mostrador de una “tienducha” que no daba para hacerse rico, sobrevivían despachando y conversando con los vecinos que la frecuentaban.

Cuando lo que hoy se conoce como avenida Manuel Piar, no era más que la carretera de Upata, al lado de un negocio de mi padre había una bodega que no era más grande que los kioscos que se instalan para la venta de cerveza. No tenía equipos industriales: una vieja nevera doméstica servía para enfriar los refrescos que vendía. En unos estantes de madera se podían ver en forma desordenada los más variados productos: al lado de la harina PAN se exhibían unos frascos de “Brelcream”, famoso fijador que según decían usaba Elvis para peinar su copete; los paquetes de pasta estaban mezclados con plátanos, yuca y grandes frascos de vidrios llenos de caraotas; a veces había una que otra torta de casabe pellizcada por las orillas y no podía faltar la bolsa de caramelos que no estaban a la venta pero servía para dar vueltos o ñapas.

Pero lo importante no era la bodega sino el bodeguero: el hombre combinaba el ejercicio del comercio con la práctica de la medicina natural, la filosofía o la narración de historias populares. En una oportunidad que a mi cuñado le aparecieron unas erupciones en la piel, le recetó unas hierbas que crecen a la orilla del camino que va a los castillos de Guayana e increíblemente el hombre se curó; siempre que alguien llegaba con una preocupación le soltaba una frase reflexiva sobre el drama de la vida que podría servir de consuelo, “somos víctimas del tiempo”. Además, nadie se iba liso sin enterarse de alguna historia oculta sobre los orígenes de San Félix que los especialistas nunca llegaron a conocer. Todo un personaje querido por su entorno que desapareció con su bodega, cuando el progreso necesitó más espacio para la velocidad de la vida.

Cuando la semana pasada se planteó la necesidad de contar a los jóvenes de este tiempo cómo vivía la gente que fundó la ciudad, comencé a recordar a muchas personas que nunca aparecieron en los periódicos, ni están en los libros de pioneros, ni en la lista de los constructores de la urbe. Para la historia oficial son seres invisibles, porque no son considerados como personas importantes; pero son vidas que de una u otra manera también forjaron esta ciudad y deben ser tomadas en cuenta.
Por eso, para no seguir siendo cómplice de las injusticias de la historia, decidí dedicarle este artículo al viejo bodeguero de la carretera de Upata, que por echarle la culpa al tiempo, no se dio cuenta que la maldad y la injusticia son productos humanos. Porque quien hace invisible al prójimo es el hombre.

Ciudad Guayana, el milagro de los rios

Cuando el historiador Heródoto recorrió Egipto en el año V antes de Cristo, dijo que esa región era un don del Nilo. Inclusive, algunos historiadores posteriores sostienen que para los antiguos egipcios el rio Nilo decidía la vida y la muerte: era un verdadero milagro. De igual forma la historia de muchas ciudades está estrechamente ligada a sus ríos. En este mismo orden de ideas, hoy 2 de julio, fecha escogida oficialmente para celebrar la fundación de Ciudad Guayana, podríamos decir que debe su existencia al soberbio Orinoco y al caudaloso Caroní.

He observado con agrado que en los últimos años se ha despertado un gran interés por contar la historia de la ciudad. Las anécdotas de sus fundadores, las crónicas populares o los enjundiosos estudios realizados por los historiadores, han hecho que la historia regional cobre importancia. Pero además de los actos producidos por la voluntad de los hombres, hay tres hechos naturales sin los cuales no hubiera nacido Ciudad Guayana: la riqueza minera del cerro La Parida (hoy cerro Bolívar), la presencia del Orinoco como opción de navegación hacia el mar y el potencial hidroeléctrico del río Caroní.

Hay un acontecimiento en nuestra historia que no se le está dando la importancia que merece. Cuando se estudió la forma de sacar el hierro desde el cerro Bolívar hacia el exterior, se analizaron dos posibilidades: construir una vía férrea desde el cerro hacia el puerto de Guanta en Anzoátegui y desde allí embarcar el mineral, o construir un puerto en la desembocadura del Caroní en el Orinoco y sacarlo por el río hacia el mar. Si se hubiera optado por la primera opción hoy Ciudad Guayana no existiría, pero como se escogió la segunda, estamos contando su historia. En este sentido coincido con quienes sostienen que, en una galería de personajes célebres de la región no debe faltar el nombre de Luis Felipe Lloverá Páez, porque independientemente de la posición política que ocupó, fue factor importante en esta decisión.

Posteriormente vino el descubrimiento y explotación del potencial hidroeléctrico del Caroní, factor importante en el desarrollo de la región. Y de allí en adelante, la historia está estrechamente ligada a esos dos grandes ríos que son parte inseparable de la ciudad. No sé si es una exageración decir que Ciudad Guayana es un milagro de sus ríos, pero sin ellos no existiría.

El cumpleaños de la ciudad llega en un momento difícil. De todos es conocida la magnitud de la crisis; hay optimismo y pesimismo pero este último sentimiento se está generalizando rápidamente y muchas personas creen que aquí no hay salida ni esperanza. Es increíble que el absurdo humano haya desperdiciado en poco tiempo la riqueza que la naturaleza ofrece generosamente. Pero los ríos siempre están allí, con su corriente y sus ciclos, indicándonos que en la vida siempre hay nuevas oportunidades. Desde Heráclito hasta Herman Hesse, los ríos han servido de inspiración y reflexión; este último, en la novela Siddharta dice: “El río me enseñó a escuchar, me enseñó que nada permanece igual. Que todo se trasforma y todo regresa. El río está en todas partes, en su origen, en su desembocadura, en los rápidos en el mar. Para él solo existe el presente sin la menor sombra de pasado o de futuro… El río es el mejor maestro… hay que dejar de buscar y preocuparse, para aprender a ayudar y amar”.

Para superar las dificultades hay que tener fe en el trabajo y en la voluntad creadora del hombre, sin desaprovechar las ventajas que nos brinda la naturaleza, especialmente el poder milagroso de los ríos.

martes, 25 de junio de 2013

Los abogados no tienen quien les escriba

El pasado domingo se celebró el Día Nacional del Abogado; una fecha que poco a poco va desapareciendo como celebración importante, de la misma manera en que “la autoestima” de esos profesionales va disminuyendo por la incomprensión social que hay hacia ellos. Hace algunos años, el Día del Abogado era todo un acontecimiento en el gremio, inclusive, en más de una ocasión la celebración duró toda una semana, realizándose en ella jornadas de mejoramiento profesional, eventos deportivos e intercambios culturales, para cerrar con la sesión solemne del día 23 y la gran fiesta donde los colegios “botaban la casa por la ventana”. Hoy todo eso parece que está destinado a quedar guardado en el álbum de los recuerdos nostálgicos de la abogacía de ayer.

A través de los años, la profesión del abogado ha sido objeto de una comprensible crítica en virtud de su complejidad y los conflictos que tiene que manejar. Hasta el arte se ha ocupado de ella y más de una poesía se ha dedicado a expresar sentimientos de frustración por la conducta de algunos “letrados”. Uno de los ejemplos más palpables de esto lo tenemos en San Ivo, patrono de los abogados, conocido por el dicho: San Ivo era bretón. Era abogado y no era ladrón. Santo Dios: qué admiración.

Pero más allá de lo anteriormente comentado, la abogacía es la profesión que tiene como objetivo el mayor anhelo del hombre: la construcción de una sociedad justa: puede haber mucha salud, con el progreso de la medicina, o hermosas ciudades con los avances de la ingeniería, y ni se diga de la informática o las telecomunicaciones, pero si no hay justicia todo lo demás es insuficiente: un insigne luchador por la conquista de los derechos civiles, Martin Luther King, dijo en una oportunidad, palabras más, palabras menos: “El hombre ha aprendido a viajar por el espacio y llegar a la luna, pero no ha aprendido a vivir en paz con su hermano”.

Es muy difícil hablar de las conquistas morales alcanzadas por el hombre en la lucha por su dignidad sin hablar de los abogados: Tomás Moro, Gandhi, o más recientemente, Nelson Mandela, entre otros, son solo un ejemplo de ello.

El día del abogado no es una fecha más de las tantas que se inventan hoy para justificar todo tipo de celebraciones. Es el momento adecuado para reflexionar sobre un oficio que pretende establecer en la sociedad un orden jurídico que propicie una convivencia armoniosa. El problema es que, que en estos tiempos de tecnicismo y velocidad postmoderna, los gremios y las universidades se ocupan de los detalles, pero se olvidan de la esencia de las cosas; transmiten la idea de que la abogacía es simplemente una forma de ganarse la vida cuando realmente es mucho más que eso.

Me decía un amigo que, “los buenos abogados y la justicia tienen mala prensa: el ejercicio honrado de la abogacía o la sentencia justa no salen en los diarios porque no son noticia. Esta sociedad hipócrita habla mucho del bien, pero realmente lo que le gusta es el mal”. No voy a suscribir totalmente esa idea, pero estoy de acuerdo en que hay que prestar mayor atención a la labor que cumplen hombres y mujeres que han convertido la profesión de abogado en un apostolado que sueña con la justicia. Por eso, en este momento especial, ante el temor de que sean injustamente ignorados, les dedico estas líneas de agradecimiento y admiración, deseando a todos mis colegas que pasen un feliz día y que nunca disminuya en ellos el orgullo de ser abogados.