En lo personal, el largometraje de los años 70 dirigido por Brian De Palma me produjo una impresión infinitamente mayor. Esto no responde solo al impacto de haberla visto en plena juventud, sino a ese dominio del terror claustrofóbico tan característico del cineasta, capaz de someter al espectador a una tensión verdaderamente inquietante. Ejemplo de ello es su inolvidable secuencia final en el cementerio: un brillante añadido original de De Palma, ausente tanto en el texto literario como en esta nueva adaptación, cuyo susto de cierre lograba hacer salir de la sala de cine a más de uno con la frecuencia cardíaca alterada.
No obstante, esta nueva versión no carece de mérito. Resulta interesante cómo traslada el relato al entorno digital contemporáneo para armar una sutil crítica contra la tiranía de las redes sociales. En este nuevo contexto, el clímax de la humillación de Carrie en la fiesta adquiere un matiz particular: la protagonista destruye automáticamente todos los teléfonos móviles que intentan registrar su escarnio. Es un gesto destructivo que más de un espectador contemporáneo desearía ejecutar si poseyera los oscuros poderes telequinéticos de la protagonista.
En última instancia, el lenguaje cinematográfico de ayer difiere inevitablemente del de hoy. No se trata de establecer qué época fue mejor o peor, sino de reconocer que cada narrativa responde a un público distinto; en especial, a una audiencia del pasado que requería una atención más reflexiva ante los matices de la vida.



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