sábado, 10 de octubre de 2026

El síndrome de Bartleby en tiempos de la inteligencia artificial


Los Bartleby no han desaparecido. Enrique Vila-Matas lo describe así: son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre de Bartleby, el escribiente, ese oficinista del relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia afuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillos de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café, como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina e incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; y que, cuando se le pregunta dónde nació, se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde simplemente diciendo: «Preferiría no hacerlo».


En definitiva, son seres en los que habita una profunda negación del mundo. Vila-Matas lo relaciona con la literatura, considerando a los seres que pueden escribir pero se niegan a hacerlo. Yo lo relaciono ahora con el problema de la inteligencia artificial, cuando los seres que pueden pensar se niegan a hacerlo.


«Pienso, luego existo», dijo Descartes; pero ahora, como no necesito pensar, es posible que poco a poco deje de existir. 

Y esto trasciende la intelectualidad académica para presentarse hasta en las conversaciones de la vida ordinaria. El otro día conversaba con un conocido sobre los problemas de la cotidianidad y no podía desarrollar una idea propia sin la ayuda de Gemini.



El síndrome de Bartleby es un peligro permanente que hace que el hombre no aproveche las oportunidades que le ofrece la vida y su existencia se reduzca a una negación absoluta.


Por el camino que vamos, no sería raro que en el futuro, cuando un profesor le pida a un estudiante que razone su respuesta, este conteste como Bartleby: «Preferiría no hacerlo».


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