El cuento que nos echan es que un conocido que responde al nombre de Enrique, residente de un elegante condominio de Los Palos Grandes, regresaba con su familia un fin de semana de las playas anzoatiguenses y se le ocurrió la brillante idea de comprar un hermoso loro real en Clarines. Todo fue perfecto en el trayecto, porque el animalito —al que bautizaron Tito— se mostró dócil y cariñoso. Hasta le compraron una jaula en Guarenas para que estuviera cómodo en el apartamento sin causar molestias de ningún tipo, sobre todo por las noches.
El trago amargo se produjo a primera hora de la mañana, porque al despertarse, Tito empezó a emitir sonidos parecidos a los ladridos de un perro y, lo más grave, con una claridad absoluta gritaba: «¡Marico, c... 'e madre!». El escándalo fue inevitable y vergonzoso para Enrique y su familia. Ni llevando a Tito al cuarto de servicio cerrado con aire acondicionado, podían calmar el bochinche que estaba armando en un condominio elitesco, donde habitaban copropietarios poco acostumbrados a ese bochorno arrabalero.
Inmediatamente, Enrique agarró al loro, lo montó en el carro y tomó la vía de Clarines para devolver el animal y a reclamar su plata. Cosa que no fue posible, porque el vendedor se negó a aceptar que ese fuera el loro vendido ya que, según él, el animal entregado no tenía malas costumbres, tal y como había podido corroborar Enrique al momento de comprarlo. Indignado, llevó el caso a la policía del pueblo, pero tampoco le dieron la razón. En primer lugar, porque por aquellos lados no les parecía raro que Tito tuviera esas palabras en su vocabulario —más bien les causaban gracia— y, por otro lado, destacaron que no se le podía exigir al vendedor el buen comportamiento posterior del animal, el cual de paso había sido producto de una negociación pícara, pues el comercio de esas especies está prohibido por ley.
La parte final de la historia es que Enrique tuvo que devolverse a Caracas con Tito y con la preocupación de tener que soltarlo por las faldas del Ávila, a pesar de que sus hijos seguramente se negarían, pero no le quedaba otra alternativa.
Pero inesperadamente apareció una solución alternativa: un amigo de la familia, enterado del problemón que causaba Tito, le pidió que se lo diera en adopción temporal.
—¿Y para qué quieres tú a ese bicho? —preguntó Enrique.
—Es que tengo un rollo con un vecino que me tiene obstinado. El hombre dizque es trompetista en una banda local y se la pasa ensayando a la hora que le da la gana: de mañana, tarde o noche en el apartamento de al lado. Le fui a reclamar de buena manera y me salió con que iba a seguir tocando porque era "su casa" y que hiciera lo que me diera la gana; hasta me mandó pa'l carajo. Ahora con Tito se me presenta la jugada perfecta: como el tipo ensaya en un cuarto que da a la ventana de mi cocina, quiero ponerle al loro ahí pegado para que le mente la madre durante todo el santo día. Seguro que así resuelvo....
«Qué cosas tienen los indescifrables caminos de la vida humana», pensó Enrique, mientras veía con más simpatía a Tito, que inocentemente picoteaba un pedazo de cambur , sin estar consciente de la broma que le había gastado el destino, al separarlo de los hermosos bosques de Clarines, para enseñarle groserías e involucrarlo en los problemas qué produce la perversidad del hombre
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