Definitivamente, los valores han cambiado: en el pasado la mayor
preocupación del hombre era el pecado ahora es la obesidad; ayer, tener fama de
mala persona era lo peor que le podía pasar a alguien, hoy eso no es importante
en el ámbito social: los buenos y los malos están igualados, el problema es la
gordura que amenaza terriblemente la
calidad de vida.
El sábado, en mi caminata mañanera por el parque La Llovizna, pude
apreciar que las “conversaciones sobre la grasa” desplazaron abiertamente a las
disertaciones políticas. Cruzándome con los circunstantes, pude escuchar
parcialmente algunas pláticas; todas giraban sobre el mismo tema: una señora trataba de convencer a otra, sobre lo efectivo que resulta tomar
un vaso de agua en ayunas para disminuir la grasa corporal; un joven pasado de
peso le decía a sus compañeros que tenía que quitarse de encima “el mantequero
que le guindaba por todas partes”; otros señores que debían estar doblando los
sesenta, reflexionaban sobre lo dañino de la cerveza para la curva de la felicidad
(barriga). En fin, pareciera que el demonio que amenaza sus vidas en este
tiempo es la grasa.
Es indiscutible que, el hombre de hoy está muy informado sobre la buena
alimentación y eso es bueno para la salud. Pero hay que evitar que la obsesión por la forma de alimentarse se
convierta en una especie de religión que no deja ver otra cosa: perderse la
belleza del amanecer en el parque por
estar pendientes de la grasa es algo imperdonable.
