En 1975 se estrenó la película Tiburón. Un filme que inmediatamente se convirtió en un éxito de taquilla que recibió un premio de la Academia por la banda sonora, una melodía espeluznante, que acompaña el ataque del escualo y con el tiempo se convierte en referencia no solo de la película sino del terror y el suspenso. Sin ser considerada una obra maestra figura entre las mejores películas de la historia del cine

En días pasados escuchando los argumentos de un jefe de Estado para no decretar la cuarentena social ante el coronavirus, me acordé de los argumentos del alcalde de Tiburón, que en la película queda como un personaje maligno, que coloca el valor del dinero, por encima de la seguridad de la vida de la gente. La cosa no es tan sencilla como parece, porque muchas veces el dinero es necesario para la salud y la vida. Un comentarista de la televisión mexicana decía que, en su país el 60% vive del día a día, y si no los mata el virus, los va a matar el hambre.
Aunque no lo crean así está la cosa de complicada. No hay salida fácil. En la película la solución fue matar al tiburón. Quedarnos en la casa es necesario para evitar el contagio y que se extienda la pandemia, pero a la larga se trasforma en una muerte lenta. La única solución es acabar con la amenaza del COVID 19, para rescatar la normalidad social, asegurando la salud y la economía. De lo contrario, el virus va a acabar con nosotros.